martes, 5 de agosto de 2014

¿Cómo narrar lo cotidiano? Empezar por la miseria.

El derecho de elegir es mío, porque mi cuerpo es mío. Ningún patriarcado me dirá cómo tengo que gozar y cómo tengo que sufrir. Decido a quién le digo que no, y no acepto flores. Si mi cuerpo es mío no lo tengo que vender por flores, sería como asumir mi derrota ante el patriarcado. Asumo esta lucha y lleno el cuestionario de cómo amar: la libertad es el fin y el medio dejó de importar, no es asunto de nadie porque la libertar se escabulle en las raíces de todo problema. No existe la posesión, porque somos seres libres y de un pensar autónomo; pero mi cuerpo es mío. Decido no tener pareja, nadie que traiga flores. Mi cuerpo y lo que hay dentro de él es mío, y no se compra con flores. La posesión es mía, porque claro: mi cuerpo es mío. Domino la situación porque me remito a los años de censura, lo que el patriarcado me obligó a hacer: La exclusión a mi vida política y al derecho de vivir. Hablo de células, que son muertas porque mi cuerpo es mío, y el derecho de vivir por lo tanto es mío. El estado no elegirá cuándo yo tengo que morir o vivir. Elijo: mi cuerpo es mío

Entonces si mi cuerpo es mío, la libertad también lo es. La libertad la tengo porque soy aquella que tiene que derrotar al patriarcado y todos ustedes –cómplices- unan sus derechos y sus libertades porque el cuerpo es mío, mi cuerpo. Y ustedes, los otros cómplices, me obligaron a mantenerlo en secreto. Si te ofendes por una célula muerta, ofendes mi toma de poder de ver a un feto muerto en el inodoro del baño, porque mi cuerpo es mío y la manera de sufrir también. Si puedo vivir con eso en mi cabeza, por qué no puedes vivir aceptando que tengo la decisión y ejerzo el poder sobre mí. No, el cuerpo no es una fracción alejada y distanciada en un pedestal, aquel que ya ni dios obra sobre él. Por lo tanto, decido sobre éste, y sobre dios: el cuerpo es una extensión de la opinión, y la autoproclamo como verdad.

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