martes, 24 de septiembre de 2013

La flauta de las vértebras - Maiakovski

Prólogo

Por todas vosotras
a quienes uno ama y ama
icono al abrigo en la gruta del alma,
como copa de vino en mesa de festín,
levanto mi cráneo lleno de poemas.

A menudo me digo:
y si dirigiera
la punta de una bala hacia mi propio fin…
Hoy
por casualidad
doy mi concierto de despedida.
¡Memoria!
Reúne en la sala de mi mente
las innumerables pilas de seres queridos.
Haz que la risa se transmita de ojo en ojo.
¡Que la noche se vista de bodas pasadas!
Danos la alegría de cuerpos y cuerpos.
Que nadie pueda olvidar esta noche.
Hoy tocaré la flauta
en mi propia columna vertebral.

I

En las calles mi paso aplasta la verstas. [1]
¿Qué hacer con el infierno que llevamos dentro?
¿Quién, di, qué Hoffman celestial
ha podido imaginarme, oh maldita?
La tempestad de alegría separa las calles.
La fiesta derrama dichoso tras dichoso.
Yo medito.
Los pensamientos, guijarros de sangre,
coagulados y enfermos, rezuman por mi cráneo.

Yo,
creador de todo lo festivo,
no tengo con quién compartir este día.
Pronto me desplomaré,
me romperé la cabeza contra el Nevsky[2] de piedra.
Ya está, he blasfemado.
He gritado por todas partes que Dios no existe,
y de las tórridas honduras, Dios hizo brotar
esa frente a la cual toda montaña
se turba y estremece. Y él ordenó:
¡Lo amarás!

Dios está contento.
En el abismo, bajo el cielo,
el hombre extenuado se vuelve salvaje y se extingue.
Dios se frota las manos.
Dios se dice:
¡Aguarda un poco, Vladimir!
Y a Él, siempre a Él,
para que nadie pueda adivinar quién eres,
se le ocurrió darte un esposo verdadero,
abastecer el piano de música humana.
Si de pronto uno se filtrase por la puerta del cuarto.
Si uno se persignase sobre el acolchado,
-lo sé-
olería a pelo chamuscado,
al humo azufrado de una carne diabólica.

En lugar de hacer eso me marcho hasta el alba,
da miedo que te hayan traído para ser amado,
a vagabundear
y tallar gritos para volverlos versos,
joyero casi ya loco.
¡Quizás, a jugar a los naipes!
O a beber vino
para enjuagar la garganta
de este corazón seco de tanto gemir.

¡Puedo prescindir de Ti!
¡Te niego!
Todo me da igual
pues sé
que voy a reventar.

Si es verdad que existes,
Señor
Señor Dios,
Si eres Tú el que teje la alfombre estelar,
si este sufrimiento
todos los días en aumento,
eres Tú, Señor, quien manda lo padezca,
coge pues tu cadena de juez.
Aguarda mi visita.
Soy puntual,
no me pasaré de ese día.
Escucha
oh supremo inquisidor:
Apretados los labios,
ni un grito brotar ha
de mi boca mordida hasta sangrar.
¡Como a una cola de caballo, átame a los cometas,
y azótame!
y que mi cuerpo se desgarre en las puntas de las estrellas.
O si no:
cuando mi alma migratoria
frunciendo un ceño obtuso
comparezca ante tu tribunal,
lanza
La Vía Láctea, haz con ella una horca,
y cuélgame, si quieres, pues soy un criminal.
Haz lo que te plazca
¿Quieres descuartizarme?
Yo mismo te llevaré las manos, oh justo.
Sólo que…
¿me oyes?
¡Llévate a esta maldita
amante que me has dado!

En las calles mis pasos aplastan las verstas
¿Qué hacer con el infierno que llevamos dentro?
¿Quién, dí, qué Hoffman celestial
ha podido imaginarte, oh maldita?

II

Y con mi último amor,
brillando como el rosa del tísico,
besé al cielo, que olvidaba
entre humaredas ser azul,
y a las nubes, semejantes
a refugiados harapientos.

De pura alegría ahogaré los aullidos
de las hordas
que han olvidado la dulzura del hogar
¡Escuchad,
hombres!
salid de las trincheras,
terminaréis la guerra más adelante.

Aún cuando
tambaleante de sangre como Baco,
se libra una batalla,
las palabras de amor nunca son degradadas.
¡Queridos alemanes!
Sé muy bien
que en vuestros labios tenéis
la Grethen de Goethe.

El francés
atravesado por una bayoneta, sonríe;
con una sonrisa en los labios cae el aviador
recordando
el beso de tu boca
Oh! Traviata.

Mas qué representa para mí
la rosada molicie mordisqueada por los siglos.
¡Hoy caemos a otros pies!
Es a ti a quien yo anto,
maquillada y
pelirroja.
Quizá de estos días
terribles como la punta e las bayonetas,
nos quedemos, cuando encanezca la barba de los siglos,
más que tú
y yo
persiguiéndote de ciudad en ciudad.
Por más que estés comprometida del otro lado del agua,
por más que te ocultes en el nicho de la noche,
te abrazaré a través de la bruma de Londres
con los labios fogosos de sus faroles.

Por más que en el desierto tórrido alargues caravanas,
allá donde los leones se mantienen en guardia,
yo posaré para ti,
bajo la polvareda,
herido por el viento,
con el Sahara quemado en mi mejilla.

Por más que vistas los labios con una sonrisa,
por más que encuentres hermoso al torero,
repentinamente
lanzaré al tenido el celo
de la mirada moribunda del toro.
Por más que vayas por el puente con paso distraído,
pensando, por ejemplo:
“Abajo hará buen tiempo”,
y yo seré el que fluye bajo el puente,
seré el Sena,
llamándote, mostrándote
mis dientes podridos.

Por más que con otro enardezca a los trotones
en Strekla o Sokolniki,
seré yo quien, encaramado alto, muy alto,
te esté aguardando, pequeña luna lánguida y desnuda.

Soy fuerte
y ellos podrían necesitarme,
y si me ordenasen:
¡muere en combate!
Tu nombre
será el último en coagularse
entre mis labios desgarrados por el obús.

¿Moriré coronado?
¿En Santa Elena?
Las tempestades marinas ensillan a las olas.
Soy candidato tanto
al trono del universo
como a las esposas.
El destino quiso que sea zar
Contra la imagen de tu carita
grabada con otro solar en mi moneda,
ordeno a mi pueblo:
¡Golpea!

Y allá lejos,
donde la gente se marchita, en la tundra,
donde el viento del Norte comercia con el río,
grabaré en mis cadenas el nombre de Lilo
y lo besaré en las tinieblas de mi celda.
¡Escuchad pues, vosotros
que olvidáis fácilmente que el cielo es azul,
con el pelo erizado
de los animales!
Este es, tal vez sea,
el último amor del mundo
iluminado por un rostro de tísico.

III

Olvidaré el año, el día, la fecha.
Me concentraré, solitario, ante una hoja en blanco.
¡Que nazca la magia inhumana de las palabras
iluminadas por el sufrimiento!
Hoy, apenas entré en la casa
sentí
algo extraño en ella.

Algo escondías en tu vestido de seda,
y en el aire flotaba un olor a incienso.
¿Dichosa?
Frío en alguna parte,
Con toda seguridad
La inquietud hace temblar la muralla de la razón.
Ardiendo y febril acumulo desgracias.

Escucha,
por qué ocultar
el cadáver.
Haz que sobre mi cabeza caiga
la avalancha de palabras,
ya que cada uno de tus músculos
pregona
como por un altavoz:
¡ha muerto, ha muerto, ha muerto!
No,
respondo yo,
¡No mientas!
(¿Cómo saldré de esta?)
Tus ojos excavaron en tu rostro
las fosas de dos tumbas.

Las fosas se hunden.
No tienen fondo.
¿Acaso caeré
del andamio de los días?
Por encima del abismo mi alma está tendida como un cable,
allí me balanceo, haciendo malabarismos
con las palabras.


que has gastado su amor.
Adivino el hastío en muchísimos signos.
Rejuvenece tu alma.
Enseña al corazón la fiesta corpórea.


que una mujer cuesta.
Mala suerte
si mientras espero
te visto con el humo del tabaco
y no con bellos vestidos de París.

Llevaré mi amor
como antaño lo hacía apóstol,
por mil veces mil caminos.
A lo largo de los siglos te aguarda una corona
donde mis palabras
crean un arcoíris de estremecimientos.

Así como los elefantes con su jugueteos de cien toneladas
acabaron con la victoria de Pirro,
mi andar de genio ha retumbado en tu cabeza.
Es inútil.
No logro arrancarte demí.
¡Regocíjate,
regocíjate
pues a fin de cuentas
me has tenido!
Me siento tan mal,
apenas si me queda tiempo de llegar al canal
para sumergir la cabeza en el rictus del agua.

Tus labios.
Qué brutales pones los labios.
Apenas los rozo, el frío me apresa.
Como si en los labios penitentes besase
un monasterio tallado en el frío de las rocas.

Las puertas
se abrieron y cerraron ruidosamente.
Él entró
salpicando por una alegría callejera.
Era
como si un aullido me hubiera partido en dos.
Le grité
“¡Está bien
ya me voy,
está bien!
Ella te pertenecerá.
Dale algunos trapos,
porque las alas tímidas se abotargan bajo la seda,
Cuida que no se vuele.
¡Ata al cuello de tu mujer
los collares de perlas cual si fueran piedras!”

¡Ah! esta
noche!
Apreté y apreté los cordones de la desesperanza.
Mis llantos y mis risas
echaban debajo de espanto la jeta de los muros.
Una aparición:
tu rostro, que traía conmigo,
iluminado en la alfombra por tus ojos,
como si un nuevo Bialik inventase
una deslumbrante reina del Sión judío.

Mártir,
ante aquella que yo mismo había creado,
caía de rodillas.
El rey Alberto,
que ha perdido
todas sus ciudades,
está a mi lado cubierto de cadenas,
¡Flores y pastos, rodad por el oro del sol!
¡Primaverizáos, vidas de los elementos!
Yo sólo quiere beber vasos y vasos
de un solo veneno.

Ladrona del corazón
al que le quitaste todo,
atormentado con delirios de mi alma,
acepta mi ofrenda, querida,
tal vez nunca vuelva a inventar nada más.

Coloread como fiesta ese día.
Que nazca por fin
la magia semejante a la crucifixión.
Miradme:
estoy clavando al papel
con los clavos de las palabras.



[1]Versta: Antigua medida itineraria rusa.
[2] Nevsky: bulevar céntrico de Moscú

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